Desde el púlpito de las iglesias, los comedores de los hogares, e incluso desde las aulas de las escuelas, estamos expuestos a discursos de odio que pueden sonar sutiles, pero que a la larga y a gran escala son lo suficiente para validar la violencia que como comunidad vivimos, que muchas veces culminan en crímenes de odio. El lenguaje importa.

 

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